martes, 26 de agosto de 2008

Testimonios de vida

Espera en Dios
Tener un hijo era mi sueño más grande। ¿Como podría enfrentar la posibilidad de que eso nunca se hiciera realidad?
Era un jueves del mes de junio y faltaban sólo tres días para que se cumpliera la fecha prevista para el de mi bebé. Caminé alrededor del jardín que rodeaba los departamentos donde vivíamos mi esposo y yo, en el sur de México. El sol se filtraba por las hojas de los inmensos árboles, perdiendo su intensidad en las horas de la tarde. Había ido al doctor en la mañana, y me decepcioné al escuchar que era probable que el bebé no llegara sino hasta la semana siguiente. Me parecía que ya habíamos esperado demasiado tiempo. Habíamos estado tratando de tener familia desde que nos casamos hacía dos años y medio.
En la madrugada del domingo me desperté con algunos cólicos leves horas antes del amanecer. Esa noche dormimos poco. ¿Sería posible que ya viniera el bebé a pesar de las indicaciones del médico? Para el amanecer supimos que ya era tiempo cuando hubo un poco de sangrado. Sorprendidos y algo nerviosos, empezamos a tomar el tiempo de las contracciones mientras nos alistábamos para ir al hospital.
Cuando el doctor me examinó y buscó los latidos del corazón del bebé tuve la primera indicación de que algo no estaba bien. Me preguntó repetidas veces cuando había sentido el último movimiento de la criatura. Pero no había habido movimientos desde el comienzo del trabajo de parto. Yo no sabía que debía sentir movimientos aun en esa etapa. Me prepararon de prisa para una cesárea de emergencia.
Al despertar de la cirugía mi esposo vino al lado de mi cama y me explicó que la bebita se encontraba en condición grave. Pasé una noche agonizante. Al amanecer insistí en que Andrés fuera a ver como seguía. Salió del cuarto y en breves instantes volvió con la terrible noticia de que la niña había fallecido. De alguna manera percibí que ella ni siquiera había nacido con vida. Me acordé del silencio que hubo en el quirófano antes de que perdiera el conocimiento. Andrés había soportado la carga solo durante toda la noche para tratar de darme la noticia poco a poco.
Nos sentíamos deshechos. El día que salí del hospital estaba abrumada por el dolor. Lo que debía ser un retorno victorioso al hogar, con un hermoso bebé en los brazos, se había transformado en un regreso con las manos vacías. No quería llegar a casa y enfrentar a todos. Sentí que volvía de un gran fracaso. Todas nuestras amistades tenían hijos, y yo no había podido.
Nuestro dolor se hizo aún mayor debido a las presiones culturales. En la cultura mexicana, los hijos son tenidos en alta estima. Podía percibir que las mujeres que no tenían hijos eran vistas como inferiores; de alguna manera inútiles. Por otra parte, las cuestiones espirituales complicaban nuestras luchas interiores. Estábamos sirviendo a Dios en un ministerio cristiano, y habíamos dedicado nuestras vidas a esta causa. ¿Acaso así nos pagaba el Señor? Me sentía enojada y resentida con Dios.
Nuestras amistades trataban de consolarnos, pero la mejor ayuda provenía de aquellos que no hacían poreguntas ni ofrecían una serie de explicaciones del «porqué», sino que sencillamente lloraban y se dolían con nosotros.
Tal vez lo mas difícil de soportar era nuestra infertilidad. Empecé a consultar a una especialista de inmediato. Buscábamos menguar nuestro dolor con la esperanza de un nuevo embarazo, pero no lograba concebir.
No soportaba ver a las compañeras del curso prenatal, y era muy difícil estar con nuestras amistades que tenían hijos, especialmente con aquellas que los habían tenido en el mismo tiempo en que yo perdí a la bebita. Andrés había sacado de la casa todos los muebles y artículos que habíamos preparado para ella, buscando protegerme del dolor de verlos.
Sin embargo, yo me sentía cada vez peor. Una consejera cristiana me ayudó a ver que estaba reprimiendo el luto. Necesitaba hacer todo lo posible para enfrentar y entrar en contacto con la realidad de la pérdida a fin de comenzar a experimentar sanidad. Empecé a visitar a mis amigas embarazadas y a las que tenían bebés, pues había estado evitando el contacto con ellas. Saqué toda la ropa que habíamos preparado para la bebita y la guardé con cuidado. Lo mas difícil fue la primera visita al cementerio un año después de su muerte. Le habíamos puesto el nombre de Ana Elizabeth, y habíamos colocado una lápida en el lugar donde ella descansaba. Allí experimentamos la liberacion de llorar abiertamente. Era la primera vez que Andrés lloraba.
Al seguir en consejería, comprendí que Dios «no se había llevado» a nuestra bebita, ni era el autor de la muerte y la enfermedad en el mundo. El sufrimiento es parte de la vida aquí, y los cristianos no estamos exentos. Tampoco hay un trato preferencial para los obreros cristianos.
Aunque el sueño de tener un hijo seguía siendo el mayor deseo de mi corazón, pude lograr que no fuera una obsesión para mí. Le pedí a Dios que tomara nuevamente el primer lugar en mi vida. Decidí que mi felicidad ya no dependería de un bebé.
Continuamos acudiendo a especialistas en fertilidad, me sometí a cirugía laser e incluso a una cirugía mayor. Después de uno de los varios tratamientos tuvimos otra decepción, cuando un segundo embarazo terminó en aborto espontáneo a los tres meses.
Finalmente, siete años después de la pérdida de Ana Elizabeth nos nació un hermoso varoncito. Lo primero que escuché cuando recobré la conciencia en el quirófano fue la voz de Andrés cerca de mi oído. Apenas podía contener su emoción al decirme: «!Güera, güera, ya salió! El bebé ya salió y es un niño. Ya nació tu hijo y es hermoso!» Lloraba de alegría y le di gracias a Dios. La enfermera que lo cargaba en brazos se acercó a la camilla. Aunque apenas podía moverme bajo los efectos de la anestesia, extendí mi mano y toqué su mejilla. Un rostro pequeño y dulce me contemplaba debajo de una gorrita de color azul y rosa.
Despues de nueve años de infertilidad, dos operaciones y la pérdida de dos bebés había nacido nuestro Danielito. Como una amiga me decía, era «como cargar a un pequeño milagro en los brazos».
Daniel Andrés nació en los últimos días de Semana Santa, y lo llevamos a casa el Domingo de Resurrección. Así como la primavera trae consigo esperanza y vida nueva, el nacimiento de Danielito trajo gozo y nueva vida para nosotros.
«Y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor.» (Jr. 31:13b)
Quiero hacer una aclaracion con respecto al testimonio que acaban de leer, esta no es mi historia,
nosotros si perdimos un bebe pero no de la misma forma que la chica del testimonio; y seguimos en este camino buscando ser padres.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

muy conmovedor y muy lindo lo que te paso espero que estes gozando de tu hijito

Grupo cristiano de contencion y acompañamiento a personas con dificultades para concebir dijo...

Hola Aninimo!!
gracias por entrar a nuestro blog
ya ise la aclaracion en el articulo, de que esa no es mi historia;
espero que nos visites seguido y si queres contactarte con nocotrso agreganso a tu msn.
gracias!1
que Dios bendiga tu vida!

Anónimo dijo...

Ola soi una ermana de madrid y qeria comentar q tengo mucha fe en este mes estoi ilusionada porq me falta la.mestruacion y puede q este embarazada esq llebo buscandolo casi tres años y el medico me dijo q era inposible pero llo tengo muchisima fe deqe dios me lo a dado este mes. .....ablaz las cosan q no son como si fuesen eso es lo q dios manda tener fe.

Kelly Coffey - Moriria por eso.

-Cuando tenga un hijo-

Lilly Godman- cubreme

Si va hacer sera en su momento.

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